Tecnología y buenas prácticas, los pilares de la eficiencia energética

Como política pública, la eficiencia energética es un fenómeno relativamente reciente, producto de la crisis energética de hace ya casi 50 años, cuando un conflicto geopolítico en el Medio Oriente empujó varias veces hacia arriba los precios del petróleo y obligó a cambios radicales en las políticas energéticas de las principales economías del mundo, además de acelerar la velocidad del cambio tecnológico.

Fue entonces que, ante su rentabilidad, se abrió la explotación del petróleo en el mar, lejos del Medio Oriente, se aceleró el aprovechamiento de la energía nuclear y se abrió la integración de la tecnología de las energías renovables a la matriz energética.

Sin embargo, la eficiencia energética (EE), un elemento que estaba fuera de las políticas públicas como objetivo hasta ese momento, se fue integrando poco a poco al portafolio de soluciones a una crisis que se extendió por casi diez años, pero que cambió al mundo para siempre.

Una de las formas en las que se fue integrando la EE a los portafolios fue la propuesta que un grupo de científicos y activistas en California hicieron a la Comisión Reguladora de Energía de ese estado, ante la solicitud de incremento de tarifas de la empresa Pacific Gas and Electric (proveedora de electricidad para la zona centro de California) para pagar costos crecientes en la construcción de su nueva planta nuclear en San Luis Obispo. La propuesta fue aceptar el incremento de tarifas eléctricas, pero condicionado al establecimiento de programas de la empresa eléctrica, para mejorar la eficiencia energética en las instalaciones de sus cientos de miles de usuarios.

Este proceso institucional, que más adelante se generalizó en Estados Unidos bajo el concepto de Administración del Lado de la Demanda (Demand Side Management), acompañó a otro proceso de un alcance mucho mayor y que fue empujado por el acelerado cambio tecnológico, motivado por una economía global en busca de menores costos.

De esta manera, dispositivos de uso común en hogares, comercios e industrias, como las lámparas, los refrigeradores y los motores eléctricos, fueron integrando en su diseño y fabricación nuevos materiales y tecnologías, que mejoraron radicalmente la cantidad de energía necesaria para dar servicio.

Esto vino acompañado por la regulación obligatoria de la eficiencia energética en esos y otros dispositivos y sistemas, dando lugar a una de las más eficaces acciones de política pública en el tema.

Los dos ejemplos más emblemáticos de este proceso han sido las lámparas y los refrigeradores. En los dos casos, las mejoras y los cambios tecnológicos en estos dispositivos han reducido en más de 75% la cantidad de energía necesaria para proveer de servicios energéticos.

En el caso de las lámparas, uno de los procesos tecnológicos más relevantes fue la integración de la electrónica a su diseño; primero, los balastros electrónicos para las lámparas compactas fluorescentes, y luego los diodos emisores de luz (los led).

Pero el cambio tecnológico no se acotó solamente a la mejora de los dispositivos, sino que, poco a poco y como en las lámparas led, se fueron añadiendo elementos de uno de los grandes desarrollos que se aceleraron a partir de la crisis energética: la digitalización, las comunicaciones y el procesamiento de información.

Así, hoy día el universo de tecnologías que podemos aplicar para mejorar la eficiencia energética es amplio, variado y cada vez más integrado. Evidencia de ello es que, mientras hace 50 años sólo las redes eléctricas llegaban de manera interconectada hasta los dispositivos en la gran mayoría de las viviendas, en la actualidad, de manera paralela (y quizá con mayor amplitud), los sistemas de telecomunicación interconectan no sólo a las viviendas, sino también a los dispositivos que en ellas operan entre sí.

Un ejemplo muy radical pero real de estos múltiples avances tecnológicos, es lo que ocurre ahora con los autos, a los que no sólo se han integrado nuevos materiales, se ha cambiado su diseño por fuera y por dentro y se ha integrado la computación, sino que estamos en un proceso acelerado de electrificación y de diseño y pruebas de vehículos autónomos, que integran su conexión a los sistemas de telecomunicaciones.

Sin embargo, el aprovechar cabalmente estos cambios acelerados pasa por las prácticas que tienen los individuos, las empresas y las organizaciones.

Como ha quedado demostrado en los más de dos siglos de creciente y acelerado cambio tecnológico, la adopción de las nuevas tecnologías, aun cuando su aprovechamiento prometa mejoras reflejadas en costos e impactos ambientales menores, trae consigo muchas y variadas dudas y resistencias; más aún cuando, como en la eficiencia energética, su impacto no se puede medir y comprobar directamente porque resulta de la suma de múltiples mejoras menores.

Es aquí donde la integración de nuevas prácticas, en particular en instalaciones de mediana a gran complejidad, son parte fundamental para aprovechar cabalmente lo que la tecnología nos ofrece hoy en día. Estas prácticas son los sistemas de gestión de la energía.

Estas nuevas prácticas, apoyadas inclusive en las tecnologías de información y las telecomunicaciones, permiten a las organizaciones identificar, evaluar y aprovechar las oportunidades que se presentan con el cambio tecnológico, integrando tecnología con mayor eficiencia energética, pero también mejorando la operación y reduciendo el desperdicio.

Estas prácticas son la parte humana de un proceso continuo de cambio al que estamos sujetos en los tiempos que vivimos, pero son también la forma en la que la tecnología toma sentido de acuerdo con nuestras prioridades de corto, mediano y largo plazo como humanidad.

 

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