Del radio de bulbos al celular: vivir, enfrentar y aprovechar el cambio tecnológico para un uso más eficiente de los recursos

Mi generación, la de los nacidos alrededor de la mitad del siglo pasado, ha sido testigo y actor o actriz de uno de los procesos más acelerados de cambio tecnológico en la historia de la humanidad.

Precisamente una de mis primeras interacciones tecnológicas con cierto nivel de sofisticación fue con una gran caja de madera fina (de 30 cm de alto, 40 cm de largo y 30 cm de fondo), que contenía un radio que operaba con más de 10 bulbos, a través del cual escuchábamos a Crí-Crí y que fue nuestro primer contacto con el gran mundo exterior. Era de marca Philips y se encendía con una gran perilla a la derecha, que modulaba el volumen, y otra a la izquierda para sintonizar en la estación deseada. Para poder escuchar algo, los bulbos tenían que calentarse por cerca de medio minuto para estar en condiciones de amplificar la señal, que llegaba en forma de ondas electromagnéticas de alguna torre de transmisión desde el centro de la Ciudad de México. El equipo tenía un vidrio al frente, de lado a lado, con líneas y números que permitían ubicar la frecuencia de la señal que se escuchaba y que se iluminaba con la luz de un foco incandescente. No teníamos todavía televisión, ésta llegaría poco tiempo después, también de bulbos y en blanco y negro.

Hoy día ese mismo propósito lo cumplimos con nuestro celular, que sólo ocupa la palma de la mano y que además tiene funciones de teléfono, cámara de video, sistema de videoconferencias colectivas, pantalla de televisión, ventanilla de banco, agenda de actividades, localizador, calculadora y plataforma de juegos, por mencionar algunas de ellas.

¿Qué ha tenido que pasar para que ocurriera este gran salto? Muchas cosas, que es difícil poner en orden cronológico o de importancia, pero que anoto a continuación.

Del bulbo pasamos al transistor (que redujo significativamente el tamaño y el uso de energía) y a los circuitos integrados (que redujeron el tamaño); de la generación, transmisión y procesamiento de señales analógicas a las digitales; de los circuitos integrados al chip, a la integración de memoria a los dispositivos, primero por vía de medios magnéticos y posteriormente integrados en pequeños chips; al desarrollo de las computadoras y los lenguajes de programación; a la integración de la electrónica a equipos y productos, como los reguladores de velocidad en motores o las lámparas fluorescentes; a la producción de luz a partir de dispositivos electrónicos; de las torres de radio a las torres de telefonía digital; de los cables eléctricos a la fibra óptica; de las computadoras centralizadas a las personales; a la incorporación de microprocesadores a los automóviles y todo tipo de vehículos de transporte; a la instalación de sistemas de generación fotovoltaica en millones de techos de viviendas en el planeta; entre otros muchos avances.

Todo esto vino acompañado de nuevos materiales y cambios en el uso de los ya existentes, que sirvieron para hacer posible las nuevas tecnologías; procesos de manufactura que aprovechan el cambio tecnológico para producir, pero también para integrar los nuevos materiales y equipos a los productos; nueva infraestructura de comunicaciones para poder transmitir señales digitales; diseño de nuevas instalaciones, como fábricas o edificios de oficinas con las nuevas tecnologías integradas. Igualmente relevante, capacitar a quienes se han encargado de diseñar, fabricar, especificar, instalar, operar, mantener y renovar todos esos equipos y sistemas, que se han venido integrando para aprovechar las nuevas funciones y capacidades que el gran cambio tecnológico permite.

A final de cuentas, dos grandes sistemas tecnológicos que antes tenían funcionamientos   paralelos con pocas interacciones, hoy están completamente integrados. El “matrimonio”, más o menos reciente, entre la electricidad y la tecnología de las telecomunicaciones y de la información (TICs), nos permite que los flujos de información requeridos para operar los sistemas eléctricos que se extienden desde las grandes plantas de generación hasta los dispositivos en nuestros hogares, a lo largo y ancho del territorio, se den no sólo por los cables eléctricos, sino también y cada vez más, por medio de los equipos y la infraestructura de telecomunicaciones. Esto nos permite que con un celular y en cualquier punto del mundo, podamos prender o apagar las luces de la casa, supervisar el consumo de energía en una instalación o detectar si un dispositivo funciona o no adecuadamente.

Sin embargo, y aun cuando esto ya es posible, estamos apenas en la etapa inicial del aprovechamiento del gran potencial que esta tecnología nos promete y que incluye, muy particularmente, el poder hacer un uso mucho más eficiente de la energía y de otros recursos, bajo una perspectiva más allá de la eficiencia unitaria de los equipos, para lograrlo en sistemas que integran grandes cantidades y variedades.

De la misma manera en que el transistor redujo significativamente el uso de energía para funciones que se realizaban con bulbos, hoy día, más allá de las eficiencias unitarias de equipos en particular, la existencia y capacidad de los sistemas de información y telecomunicaciones nos permiten mayores eficiencias sistémicas, que resultan de una operación que evita usos innecesarios, la modulación de acuerdo con necesidades que varían continuamente a lo largo de los segundos, las horas y los días, o la detección del funcionamiento inadecuado de algún componente, entre otros beneficios.

No obstante, estas oportunidades significan un enorme reto para quienes diseñan, instalan, operan y mantienen estos sistemas que son, al mismo tiempo, mecánicos, eléctricos, electrónicos y digitales, lo que implica un esfuerzo continuo de capacitación y actualización para quienes ya están en el campo, y de formación para quienes se dedicarán a estas actividades claves para la economía actual y futura.

Ello representa también un enorme reto para las políticas públicas en varios ámbitos, como la regulación técnica que permita que sistemas cada vez más complejos tengan el desempeño y la calidad que ofrecen y evitar gastos innecesarios o los costos que la falla de estos sistemas puede implicar. Lograr hacerlo requiere un gran trabajo multidisciplinario, donde se “quiten las trancas” que separan a empresas, industrias y sectores, para establecer los parámetros y los métodos que sirvan para generar y asegurar los mayores beneficios. Es un reto que involucra temas energéticos, industriales, de educación, de medio ambiente y de política de desarrollo de las ciudades. Es, a final de cuentas, un asunto de gobernanza.

Los tiempos obligan a la sinergia, a salir de las parcelas, a buscar lo que nos hará ganar a todas y todos, y a enfrentar un futuro cada vez más complejo, donde la tecnología actual puede ayudar a resolver o mitigar los grandes retos que tenemos frente a nosotros.

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