Retos y oportunidades

2018 será un año complejo para nuestro país y por ello es necesario plantear acciones que contribuyan a enfrentar eventos que pueden tener una incidencia negativa sobre la actividad productiva. El impacto de la Reforma Fiscal en Estados Unidos y la expectativa sobre los resultados de la renegociación del TLCAN, sin duda han creado un ambiente de preocupación, al cual se integra el entorno de incertidumbre que ha comenzado a generar la contienda presidencial en nuestro país.

Sin embargo, existen compromisos que se deben fortalecer permanentemente, como preservar la estabilidad macroeconómica, mejorar la situación laboral y salarial, junto con esfuerzos para reducir la pobreza y desigualdad, que al parecer repuntaron en 2017 como consecuencia de la pérdida de poder adquisitivo y la precariedad del mercado laboral. Además, es fundamental insistir en la inversión como principal motor del crecimiento. Es por ello que las decisiones de política económica serán fundamentales para evitar desequilibrios en los factores que fortalecen la estabilidad macroeconómica. Será necesario entonces, vigilar el comportamiento de variables como la inflación, tipo de cambio, tasas de interés, reservas internacionales, las cuentas públicas y la balanza de pagos.

El reporte que dio a conocer el INEGI acerca de los resultados de la oferta y demanda agregadas al último trimestre del 2017, confirman que prácticamente toda la actividad económica del país se ha desacelerado.

Los resultados indican que, en los últimos 24 años, el crecimiento promedio anual de la economía fue de 2.5%, en tanto que en 2017 el avance fue de 2.3%, según cifras desestacionalizadas, el cual provino prácticamente en su totalidad del incremento de 3.3% en el consumo privado, aun cuando su ritmo de avance fue ligeramente inferior al del año pasado. El consumo de gobierno tuvo una mínima incidencia positiva al haber mostrado un aumento de 0.1 por ciento.

Sin embargo, en el 2017 la inversión total se contrajo 1.5%, después de haber acumulado tres años consecutivos al alza impulsada principalmente por el desempeño de la inversión privada, el cual había sido suficiente para compensar la constante disminución en la inversión pública. No obstante, el año pasado la inversión privada cayó 0.6%, después de tres años al alza y la inversión pública disminuyó 6.6%, con lo que acumuló ocho años ininterrumpidos con variaciones negativas.

 

El sector externo, por su parte, tuvo una incidencia negativa al reportar un aumento de 7.0% en las importaciones, frente a un avance de 3.9% en las exportaciones.

La incertidumbre generada desde la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos, y después las políticas en materia fiscal que aprobó el Congreso, así como la política comercial que incide negativamente en el TLCAN, junto con el efecto de la caída de la producción de crudo, el repunte de la inflación en México para ubicarla en su nivel más alto desde 2001, con su consecuente efecto sobre el poder adquisitivo de los hogares que fue producto de la volatilidad del tipo de cambio, pero especialmente originada por el considerable aumento de la deuda pública, pusieron a nuestro país en un entorno complicado ante un año en el que prácticamente todos estos factores seguirán teniendo incidencia sobre la actividad económica.

No obstante, las expectativas apuntan a que en el 2018 la economía mexicana crecerá 2.1%, porcentaje inferior al observado en 2017, aún con la expectativa de que un mayor ritmo de gasto público impulsado por las elecciones presidenciales pueda tener una incidencia positiva en el crecimiento del PIB.

Sin embargo, este modesto ritmo de crecimiento puede ser preocupante si lo que está reflejando es la incertidumbre de la inversión privada ante la percepción de pobres avances en materia de mejora del Estado de derecho, reducción de la impunidad, corrupción, poca transparencia, así como de la posible salida de algunos capitales ante lo atractivo que puede ser la política tributaria de los Estados Unidos. A ello se suma la inquietud por la contienda electoral.

En este entorno, la expectativa para el presente año apunta a que la principal fuente de crecimiento, que en los últimos años ha sido el consumo, modere su ritmo de avance. La pérdida de poder adquisitivo, que se confirma con las variaciones negativas que tuvieron las revisiones de salarios contractuales durante todo el 2017, y que posiblemente se mantendrán en la primera parte del presente año hasta que la inflación retome un comportamiento a la baja o que las demandas salariales aumenten, seguramente afectará los niveles de consumo de las familias. En este contexto se estima que la inflación tardará más en regresar a niveles dentro de la meta del Banco de México (3.0% +/- 1 punto).

Otro factor, es la posibilidad de que las tasas de interés continúen elevándose, tanto como consecuencia del impulso de la corrección al alza de las tasas de la Reserva Federal, como de la elevada inflación en nuestro país y la volatilidad del tipo de cambio, lo cual también puede ser un factor que incida en la dinámica del consumo de las familias.

Además de esto, sigue pendiente el tema de la inseguridad. Ya se ha comentado sobre el efecto que ésta tiene sobre el crecimiento, toda vez que incide en los hábitos de consumo. El dato más reciente publicado por el INEGI indica que en el último mes del año el 75.9% de la población mayor de 18 años consideró inseguro vivir en su ciudad, porcentaje que, si bien es una décima de punto porcentual inferior a la del mes previo, resalta que 80.5% de las mujeres se sienten inseguras.

Evidentemente nuestro país tendrá que enfrentar retos importantes durante este año, en especial la limitada capacidad de realizar cambios fiscales para contrarrestar los posibles efectos de la política tributaria aprobada en los Estados Unidos para evitar una pérdida de competitividad fiscal en el entorno internacional.

No obstante, también es un momento de oportunidades. Con la llegada de un nuevo gobierno se podría plantear una estrategia que conduzca a corregir los desequilibrios que han limitado por tanto tiempo un mayor ritmo de crecimiento y consolidar las fuentes de ingresos del sector público, aunado a una revisión estricta del gasto público que permita una disminución más rápida de los niveles de deuda del país. De esta manera se pueden tener mejores resultados en las políticas que se instrumenten para reducir la inflación y la volatilidad del tipo de cambio. La inversión, que es fundamental para el crecimiento, debe estar apoyada por un entorno de certidumbre.

Sergio Hernández Trejo
Subdirector de Análisis Macroeconómico
Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, A. C. (CEESP)

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